Durante años se habló de los videojuegos como una pérdida de tiempo, cuando no como un peligro. La investigación de las últimas dos décadas cuenta una historia bastante más interesante: jugar, con medida, descansa la cabeza y a la vez la entrena.
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El estrés sostenido es de las cosas más dañinas para el cerebro: estrecha la atención, empeora la memoria y nos hace decidir peor. Para salir de ese estado no basta con «no hacer nada», porque la cabeza sigue dándole vueltas a lo mismo. Hace falta algo que absorba la atención por completo.
Un videojuego hace exactamente eso. Te plantea un objetivo claro, te responde al instante y te exige la concentración justa para que no quede sitio para la preocupación. Un estudio de Russoniello, O’Brien y Parks (2009, Journal of CyberTherapy & Rehabilitation) midió la actividad cerebral y el ritmo cardíaco de personas que jugaban a juegos casuales y encontró mejoras en el estado de ánimo y una reducción del estrés. Otros trabajos, como los de Leonard Reinecke, describen el juego como una forma eficaz de recuperarse después del trabajo.
A mayor escala, un estudio de la Universidad de Oxford (Johannes, Vuorre y Przybylski, 2021, Royal Society Open Science) usó datos reales de tiempo de juego y encontró una relación pequeña pero positiva entre jugar y el bienestar. Después de una partida se piensa con menos presión de la mala y con más claridad.
Un gimnasio que no parece un gimnasio
Casi sin querer, un videojuego es un ejercicio de refinamiento cognitivo. Te propone un desafío un poco por encima de tu nivel, te deja fallar sin consecuencias y te invita a intentarlo otra vez. Eso es, punto por punto, lo que se necesita para aprender cualquier habilidad.
Green y Bavelier publicaron en Nature (2003) que quienes jugaban a videojuegos de acción tenían mejor atención visual, y que personas que no jugaban mejoraban al entrenar con ellos. El mismo grupo mostró después (Dye, Green y Bavelier, 2009) que los jugadores reaccionan más rápido sin perder precisión. En 2013, Anguera y su equipo publicaron en Nature que un juego diseñado para entrenar la multitarea mejoraba el control cognitivo de adultos mayores, con efectos que seguían ahí meses después. Y Kühn y colaboradores (2014, Molecular Psychiatry) observaron aumentos de materia gris en zonas relacionadas con la orientación espacial y la planificación tras dos meses jugando a un juego de plataformas en 3D.
La revisión más citada sobre el tema, de Granic, Lobel y Engels (2014, American Psychologist), resume beneficios cognitivos, emocionales, motivacionales y sociales.
Presión simulada, aprendizaje real
Aquí está, para mí, lo más valioso. Un videojuego te pone bajo presión: tienes que decidir rápido, coordinar manos y ojos, gestionar recursos escasos y reaccionar a lo inesperado. Pero es una presión simulada, que se acaba en cuanto te separas de la pantalla.
No hace falta ir a una guerra para desarrollar reflejos o aprender a decidir en segundos. Un entorno simulado puede darte ese entrenamiento sin ponerte en riesgo. Es el mismo principio por el que los pilotos practican en simuladores.
La letra pequeña
Nada de esto significa que haya que pasarse el día jugando. Los beneficios aparecen con un uso controlado y dedicado: sesiones acotadas, con atención, y que no desplacen el sueño, el ejercicio ni el trato con otras personas. Jugar para evitar los problemas en lugar de para descansar de ellos produce el efecto contrario.
También hay que ser honestos con la ciencia. Los efectos dependen del tipo de juego, no todos los estudios encuentran lo mismo y hay debate sobre cuánto de lo que se mejora en un juego se traslada a la vida diaria. Lo que ya no se sostiene es la idea de que jugar atonta. Bien usado, un videojuego es una de las formas más agradables que tenemos de cuidar la cabeza.
